¿Quién quiere ser Sabrina Fairchild?
Enero, 3
Hace unas cuantas noches, volvieron a dar Sabrina -la versión con Julia Ormond y Harrison Ford-. La película tiene todos los tópicos habidos y por haber: un amor imposible por platónico; un viaje iniciático; una edulcorada e inocua venganza; un matrimonio casi por conveniencia; el hombre duro de negocios que, gracias al poder del amor, se da cuenta de que su vida no tiene sentido; un desengaño amoroso que da lugar al surgimiento del nuevo -verdadero- amor y, por supuesto, un final feliz que incluye besos y abrazos a la orilla del Sena, justo en el momento en el que pensábamos que todo estaba perdido.
En realidad, nunca pensamos ni por un minuto que todo estaba perdido. Desde el primer minuto, teníamos la certeza de que Sabrina iba a obtener lo que estaba buscando, porque para eso nos sentamos dos horas frente a la pantalla. Ver películas como Sabrina nos permite suspender nuestros conocimientos sobre el mundo y asistir al reestablecimiento de lo que suponemos debe ser el orden del universo: los buenos alcanzan la felicidad y triunfan por perseverancia. Nadie está esperando que Sabrina se instale sola en su departamento en París, llore día y noche durante tres largos meses, aumente ochenta kilos a causa de la depresión y termine muerta en su departamento rodeada de treinta gatos veinte años después.
Y si entramos en el juego, si decidimos creer que el destino de Sabrina puede ser posible en alguna dimensión, quizás sea porque, en el fondo, necesitamos creer que, en algún momento, nosotros también tendremos nuestro momento-sabrina. En algún momento, esperamos que los elementos del universo se equilibren, aunque sólo sea por una única vez, a nuestro favor. Porque aun habiendo desarrollado altos niveles de escepticismo, en algún momento del día, todos queremos ser Sabrina Fairchild. Porque, a veces, las cosas son así de simples.