Kawabata
Enero, 5
“Una vez más recordó los viejos retratos japoneses de niños santos: eran retratos basados en la leyenda del juvenil San Kobo, quien se soñó a sí mismo sentado en un loto de ocho pétalos, dialogando con Buda.”
Este es un fragmento de la novela Lo bello y lo triste de Yasunari Kawabata. Compré el libro usado, sin tapa ya. Es todo amarillo-de-libro-viejo. Alguien -nunca se sabe quién porque la firma en la primera página rara vez es legible- lo compró en 1978. Tampoco se sabe por cuántas manos pasó. Pero lo que sí se sabe es que se queda conmigo.
Podría explayarme largamente sobre el uso del lenguaje en la novela, las imágenes, los puros cuadros de la literatura japonesa o la psicología de los personajes. Pero voy a abstenerme. Busquen y lean esta novela. O no.
Los japoneses son lo más. Eso es todo lo que tienen que saber. Lo demás es silencio o giladas de críticos literarios.
¿Quién quiere ser Sabrina Fairchild?
Enero, 3
Hace unas cuantas noches, volvieron a dar Sabrina -la versión con Julia Ormond y Harrison Ford-. La película tiene todos los tópicos habidos y por haber: un amor imposible por platónico; un viaje iniciático; una edulcorada e inocua venganza; un matrimonio casi por conveniencia; el hombre duro de negocios que, gracias al poder del amor, se da cuenta de que su vida no tiene sentido; un desengaño amoroso que da lugar al surgimiento del nuevo -verdadero- amor y, por supuesto, un final feliz que incluye besos y abrazos a la orilla del Sena, justo en el momento en el que pensábamos que todo estaba perdido.
En realidad, nunca pensamos ni por un minuto que todo estaba perdido. Desde el primer minuto, teníamos la certeza de que Sabrina iba a obtener lo que estaba buscando, porque para eso nos sentamos dos horas frente a la pantalla. Ver películas como Sabrina nos permite suspender nuestros conocimientos sobre el mundo y asistir al reestablecimiento de lo que suponemos debe ser el orden del universo: los buenos alcanzan la felicidad y triunfan por perseverancia. Nadie está esperando que Sabrina se instale sola en su departamento en París, llore día y noche durante tres largos meses, aumente ochenta kilos a causa de la depresión y termine muerta en su departamento rodeada de treinta gatos veinte años después.
Y si entramos en el juego, si decidimos creer que el destino de Sabrina puede ser posible en alguna dimensión, quizás sea porque, en el fondo, necesitamos creer que, en algún momento, nosotros también tendremos nuestro momento-sabrina. En algún momento, esperamos que los elementos del universo se equilibren, aunque sólo sea por una única vez, a nuestro favor. Porque aun habiendo desarrollado altos niveles de escepticismo, en algún momento del día, todos queremos ser Sabrina Fairchild. Porque, a veces, las cosas son así de simples.
Homenaje a Pessoa
Diciembre, 31
![]()
![]()
En la noche terrible, sustancia natural de todas las noches,
en la noche de insomnio, sustancia natural de todas mis noches,
recuerdo, velando en una modorra incómoda,
recuerdo lo que hice y lo que podía haber hecho en la vida.
Recuerdo, y una angustia
se esparce por mí todo como un frío del cuerpo o un miedo.
Lo irreparable de mi pasado -¡ese sí que es el cadaver!
Todos los demás cadáveres es posible que sean ilusión.
Todos los muertos puede ser que estén vivos en otra parte.
Todos mis propios momentos pasados puede ser que existan
en alguna parte,
en la ilusión del espacio y el tiempo,
en la falsedad del transcurrir.
Pero lo que yo no he sido, lo que no he hecho, lo que ni
siquiera he soñado;
lo que sólo ahora veo que debería haber hecho,
lo que sólo ahora veo claramente que debería haber sido-
eso es lo que es el muerto más allá de todos los dioses,
eso -y fue después de todo lo mejor de mí- es lo que ni los
dioses hacen vivir…
Si en determinado momento
me hubiese vuelto para la izquierda en lugar de para la derecha;
si en cierto instante
hubiese dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí,
si en determinada conversación
hubiese tenido las frases que sólo ahora, en el entresueño, elaboro-
si todo esto hubiese sido así,
sería hoy otro, y quizá el Universo entero
sería insensiblemente llevado a ser también otro.
Pero no me volví hacia el lado irreparablemente perdido,
no me volví ni pensé en volverme, y solo ahora me doy cuenta;
pero no dije no, o no dije sí, y sólo ahora veo que no lo dije;
pero las frases que faltó decir en aquel momento me surgen todas,
claras, inevitables, naturales,
la conversación terminada concluyentemente,
el asunto totalmente resuelto…
Pero sólo ahora lo que nunca fui, ni seré para atrás, me duele.
El que malogré de veras no tiene esperanza ninguna,
en ningún sistema metafísico.
Puede ser que a otro mundo pueda llevar lo que he soñado,
pero ¿podré llevar a otro mundo lo que me olvidé de soñar?
Ésos sí, los sueños por haber, son los que son el cadáver.
Lo entierro en mi corazón para siempre, para todo el tiempo,
para todos los universos,
esta noche en la que no duermo, y el sosiego me rodea
como una verdad en la que no tengo parte,
y, afuera, la luz de la luna, como la esperanza que no tengo, es
invisible para mí.
Fernando Pessoa
amelie
Diciembre, 30
escuchar la banda sonora de Amelie me hace atrasar, por lo menos, cinco años. mínimo.
Fin de año. Paréntesis entre lo que ya fue, y lo por venir. Suspendido en la nada. Nada se puede cambiar, nada se puede hacer aún. Habrá que esperar.